Salvajes y revolucionarios

Recordando "Del buen Salvaje al buen revolucionario" de Carlos Rangel

Carlos Rangel, escribió hace casi 50 años Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario (1976). Dicho libro analizaba la situación de Hispanoamérica a través de un recorrido histórico desde el descubrimiento hasta mediados del siglo XX cuando el libro se escribió a finales de los setenta. Rangel en su recorrido histórico nos va contando cómo Hispanoamérica ha sido la cuna de muchos mitos en la mentalidad europea e Hispanoamericana que promueven aventuras revolucionarias, que empiezan desde el mismo descubrimiento de las Américas.

Colón habla de riquezas que se podrían obtener de las tierras que descubre si éstas pudieran ser explotadas, y se encontraran las rutas del Dorado. Esto encendió una fiebre entre los españoles al ver que el descubrimiento les daba acceso a riquezas incalculables que iban más allá del descubrimiento de nuevas rutas para llegar a Cipango (Japón), a Cathay (China) y de ahi hablar con el Gran Kan (Mongolia), para luego buscar las islas de las especies (las Molucas) que eran muy apreciadas por los europeos. Los europeos, dependían de estas especies para darles buen sabor a las comidas, en una época en que los alimentos eran productos caros y muy difíciles de preservar a largo plazo y muchas veces se arruinaban muy rápidamente una vez faenados o cosechados. Dado mayores niveles de desarrollo en la creciente Europa demandaban productos más lejanos y exóticos que al no poder ser conservados terminaban siendo desperdiciados o con fuertes sabores y olores que no se podrían ocultar o mejorar su sabor sin estas especies. Colon por eso se preocupó de tener marineros que tuvieran alguna familiaridad con estas lenguas orientales y que pudieran actuar como traductores que hablaran dicha lengua. Esta fiebre por llegar al oriente lejano venía dada por las crónicas de Marco Polo, que habían causado la fiebre exploradora en los europeos, al ver que la ruta de la seda podría tener alternativas. La ruta de la seda era fuertemente controlada por el imperio Otomano que había reemplazado en su totalidad al imperio Bizantino con su caída en 1453. En un principio hizo que los portugueses intentaran navegar hacia el sur y bordear África, en una época en que la navegación a mar abierto era imposible al no contar con los instrumentos adecuados a menos que se navegara bordeando las costas.

Con la llegada de los españoles a las Américas este nivel de fantasía aumentaba conforme se iban encontrando con las bellezas naturales de este continente, tal como cuando Colón se encuentra con la desembocadura del Orinoco y reconoce en dicho paisaje agreste, salvaje y hermoso el mismísimo paraíso terrenal de la Biblia. Pero no fue Colón el único fabulador de los conquistadores del nuevo mundo, había otros como Juan Ponce de León que fue en busca de la famosa fuente de la eterna juventud cuando salió a buscarla en la Florida. Francisco de Orellana descubrió el Amazonas, nombrada así por un encuentro que tuvo con tribus supuestamente de solo mujeres que lo atacaban en su búsqueda del país de las especies, saliendo Quito y descubriendo por accidente el rio más grande y caudaloso de América del Sur. O como cuando los españoles llegan a Tenochtitlan y según las crónicas de la conquista se encuentran con una civilización en muchos casos mucho más afluente, desarrollada arquitectónicamente, y mucho más populosa que cualquier ciudad europea de aquella época.

Las ciudades europeas no pasaban de ser pequeños pueblos medievales muy lejanos de las míticas civilizaciones de Occidente como los romanos que ya para el siglo XV eran ruinas. La admiración de los españoles se mezclaba con el horror que producían los rituales barbáricos del sacrificio de seres humanos, en cantidades descomunales, de hasta 20,000 personas por año en la cumbre de la pirámide. En dicho ritual, con piedras de obsidiana le abrían el pecho a la víctima y luego con el corazón aun latiente se lo arrancaban para ofrecerlo a sus dioses, para luego tirar el cuerpo sin vida por las escalinatas de la pirámide, donde abajo la multitud buscaba agarrar lo que pudiera del cuerpo que caía para ser consumido como alimento para el populacho. Esta mezcla de admiración por los desarrollos urbanísticos o astronómicos de este imperio, así como el horror de sus costumbres barbáricas, ya perdidas en Occidente gracias a la cristianización, llevaron a los españoles a tejer toda clase de mitos y leyendas sobre estas tierras que estaban descubriendo. Estos mitos se juntaban con historias de la biblia, del génesis o con mitos ancestrales como la Atlantida o las amazonas, que llevó a estos conquistadores a otorgarle toda clase propiedades benevolentes a la situación inicial de estas civilizaciones con las que se iban encontrando. Lo cual los llevó a concluir que simple y llanamente estas nuevas tierras descubiertas eran tal vez buenas, benevolentes y tal vez necesario protegerlas de la rapacidad y la incomprensión de los europeos, que eran movidos en una mezcla de ambición y a su vez un deseo de proteger dichas civilizaciones, de la corrupción del mundo europeo.

Estos incentivos dispares entre ambición, avaricia, admiración se juntaban con un celo evangélico que llevó también a tratar de proteger y de preservar a estas poblaciones originales y a evangelizarlos para no solamente propagar la fe y cumplir con el mandato que les daba derecho a los españoles para conquistar estas tierras, sino también a expandir dicha fe y construir nuevas sociedades cristianas que reflejaran los valores de la civilización Occidental. Nada de esto era enteramente altruista, también buscaban enriquecerse extrayendo lo que se pudiera, pero esto no quitaba que esta búsqueda de riquezas aunado a esa necesidad evangelizadora, que les daba legitimidad para la conquista, terminó dando a lugar lo que es Hispanoamérica.

Hispanoamérica se construyó sobre ese doble mandato (avaricia y celo evangelizador) y a su vez se mezcló con esa visión del paraíso terrenal y del buenismo y supuesta inocencia del paraíso ancestral de sus poblaciones. Si bien esto generó un esquema positivo de protección de los derechos de los indígenas, no pocas veces llevó a abusos o exageraciones de lo que eran estas poblaciones nativas o a tenerlos bajo tutelas por no ser maduros para la civilización occidental. Hicieron un mito de ese buenismo, y de que todo aquello que emanaba de este mundo era bueno, no afectado por la civilización Occidental y por lo tanto lo que debíamos hacer era regresar a ese paraíso terrenal, primitivo. Nacía el mito del buen salvaje, libre de todo pecado y no envilecido por la civilización europea, la infancia continua, que Rosseau ensalzaba.

Hispanoamérica, heredaba de España lo bueno y lo malo de dicha sociedad. España estaba teniendo un papel descollante en la civilización Occidental del siglo XV al XVII, esta riqueza que estaba generando el descubrimiento de las Américas, desafortunadamente también creo incentivos negativos para que se diese, la posterior revolución comercial e industrial que llegaría en el siglo XVIII a Europa y Estados Unidos. Estas riquezas perpetuaron las costumbres proteccionistas y poco comerciales que habían caracterizado a la edad media. Mientras el resto de Europa poco a poco se abría al comercio, España y sus virreinatos se enfrascaron en una autarquía, solo posible por sus abundantes riquezas. Los Austrias y luego los Borbones si bien usaron mucho de ese dinero para cosas positivas como crear la civilización hispana de evangelización, conocimiento, arquitectura y de cultura, poco hicieron por abrir sus mercados al comercio, pues no lo necesitaban, las industrias locales que se creaban en las Américas estaban más que nada enfocadas al comercio y la extracción de metales preciosos en detrimento del comercio local, intra virreinal e internacional de sus habitantes.

Cuando llegó el celo independentista de finales del siglo XIX, por la invasión Napoleónica a la península ibérica y la clara y evidente incapacidad para gobernar de los Borbones, lejos de abrirnos al comercio, nos enfrascamos en guerras de independencia, más guerras civiles, a rehacer lo que ya existía, a negar todo lo bueno que pudo haber existido de positivo en el virreinato y en muchos casos a reordenar las relaciones con los pueblos nativos que quedaban y que no se habían mestizado. En muchos casos las poblaciones indígenas sufrieron retrocesos en la protección de sus derechos, y las poblaciones criollas o mestizas fueron en muchas ocasiones más crueles que los españoles a la hora de proteger los derechos de los indígenas. Por otro lado, en vez de reconocer los avances comerciales e industriales que se estaban dando en Europa, se mantuvo la autarquía virreinal para promover los nacionalismos gracias a la riqueza natural que poseía Hispanoamérica.

Con las independencias no se logró más libertad, ni para Hispanoamérica, ni para España que curiosamente siguió pasos similares en que trataban de rehacer todo, con cada revolución y cuartelazo que ocurría. La estructura política o los políticos cambiaban, pero la sociedad en general seguía anclada en ese mercantilismo pre-independencia. Esa visión buenista, casi mítica del paraíso terrenal que inspiraba Hispanoamérica en los europeos y en las élites locales, dio la receta perfecta para amar y buscar con pasión las locuras revolucionarias, que a cada caudillo se le ocurría. En palabras de Rangel ese mito del buen salvaje mutaba al mito del buen revolucionario, ese salvaje que se le perdonaba todo, pues no estaba envilecido por la civilización europea y por lo tanto tenía licencia para buscar el paraíso terrenal.

Hispanoamérica en su vida independiente ha intentado toda clase de revolución que se le pueda ocurrir a los científicos sociales. Sin embargo, hay una constante, no se ha intentado nunca una revolución comercial e industrial, de apertura a la libertad. Lo más cercano fue Argentina por un espacio de 80 años desde 1852 hasta los golpes de estado de los 30’s y los gobiernos de Perón. Cada vez que parece que Hispanoamérica empieza a desarrollarse económicamente siempre sale algún caudillo (un buen revolucionario) que opina que se puede hacer mejor, sin tanta libertad, capitalismo o quien sabe qué problema se le vea a la sociedad y procedemos a intentar la siguiente revolución que se le ocurre al caudillo de turno. Ahi tenemos, que cuando México después de la dictadura de Porfirio Diaz de finales del siglo XIX, con algo de estabilidad económica e institucional y habiendo finalmente salido del largo periodo del Porfiriato se embarca en la revolución mexicana (1910), un periodo que duró 10 años y generó mucha destrucción y muerte. Cuba, sin ser una democracia en 1958, pero con un bienestar económico evidente, con niveles de desarrollo muy altos se embarca en la revolución cubana en 1959. Ya son más de 60 años de dicha revolución y el fracaso es evidente y es una infección que supura permanentemente y se expande e infecta el resto de los países de la región. Más cercanos en el Siglo XX y XXI vemos patrones similares en Chile (1970 Allende), Nicaragua (1979 Sandinismo), Venezuela (1999 Chavismo, 2013 Madurismo), Ecuador (2007 Correísmo), y Chile (2019-cuando lidera las protestas, 2022 cuando asume la presidencia Boric) nuevamente. Siempre es lo mismo, hay algo que mejorar y eso justifica cambiar todo, y sin embargo el cambio es peor que lo que reemplaza. España no muy lejos de la trayectoria política de sus antiguos dominios también hace lo mismo, después de experimentar la cruenta guerra civil (1936-1939) y aguantar la larga dictadura de Franco, se embarca en 1976 en su mayor experimento continuo de democracia y desarrollo económico sostenido, y sin embargo a la fecha está empecinada en destruir los más de 40 años de democracia con el actual gobierno (2018 Sanchismo).

¿Sera capaz Hispanoamérica de alcanzar el desarrollo, sin tratar de destruir lo que funciona en busca de ese paraíso terrenal, ese buen Salvaje o ese Buen Revolucionario del que nos habla Carlos Rangel? ¿Aprenderemos alguna vez que el éxito del desarrollo de las naciones no está en destruir todo lo bueno y reemplazarlo por la próxima utopía? El florecimiento humano depende de construir sobre lo hecho, apreciar lo que logramos, sin barnizar de buenismo las glorias pasadas ni tampoco negar nuestra herencia hispana, argumentando que todo lo hispano es malo, la leyenda negra. Reconozcamos que el desarrollo requiere esfuerzo, trabajo y por sobre todo humildad para darnos cuenta de que tal vez, si estamos haciendo lo mismo una y otra vez sin mayores resultados, a lo mejor, lo que debamos hacer es tratar de hacer algo diferente.

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