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La Libertad Religiosa
El Derecho Fundamental Que Los Autócratas Temen Más

La Cumbre Internacional de Libertad Religiosa 2025 en Washington, D.C. del 4 al 6 de febrero, fue un foro de alcance global que reunió a líderes de distintas religiones y tradiciones filosóficas para abordar la alarmante erosión de la libertad de culto en diversas partes del mundo. La persecución religiosa no distingue credos ni continentes; afecta a católicos en Nicaragua, a musulmanes en China, a budistas en el Tíbet y a comunidades protestantes en Rusia o Cuba. Sin embargo, si bien la cumbre abordó un amplio espectro de casos, no puedo evitar centrar mi atención en Nicaragua, el país donde nací y cuya libertad ocupa el centro de mi misión de vida. Bajo la dictadura sandinista, la persecución de la Iglesia Católica en Nicaragua y de cristianos de diferentes denominaciones, es uno de los ejemplos más desgarradores de represión religiosa en nuestra era.
Como expuse en el panel Dictators’ Playbook, inmediatamente después de la intervención del vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, la represión religiosa ha evolucionado con los regímenes autoritarios. Ya no se limita solo a la persecución abierta y violenta que hemos conocido a lo largo de la historia, sino que se ha sofisticado mediante el uso de herramientas tecnológicas, estrategias financieras y tácticas legales que buscan silenciar a las comunidades de fe sin necesariamente llenar las prisiones de sacerdotes o pastores. La represión ahora se disfraza de "regulación", de "control financiero", de "protección del orden público" o de “soberanía nacional”. Pero su objetivo sigue siendo el mismo: quebrar cualquier voz moral que desafíe el poder absoluto.
Nicaragua: El Costo de No Someterse
Desde la llegada al poder de Daniel Ortega en 2007, y con mayor crudeza en los últimos años dado el mayor protagonismo de Rosario Murillo, abierta enemiga del cristianismo, la Iglesia Católica y otras denominaciones han sido blanco de un asedio sistemático. Al no poder cooptarla, el régimen ha optado por sofocarla. La confiscación de propiedades eclesiásticas, la prohibición de procesiones, el cierre de universidades religiosas y la expulsión de sacerdotes y religiosas han sido solo algunas de las estrategias empleadas. Esta semana, la dictadura sandinista envió una carta al Vaticano en un tono amenazante, anunciando que no reconocerá a los obispos que nombre la Santa Sede, sin el visto bueno del régimen de los Ortega-Murillo. Esa amenaza solo puede definirse como una versión descarada de galicanismo autoritario, que pretende crear una iglesia paralela. El galicanismo fue una doctrina que, en la Francia absolutista, buscó limitar la autoridad del Papa sobre la Iglesia en favor del control del Estado. Aunque este modelo fue derrotado en su tiempo, el sandinismo intenta resucitarlo bajo una forma autoritaria, pretendiendo que la Iglesia en Nicaragua sea gobernada desde Managua en lugar de Roma.
Los números revelan la magnitud del atropello: más del 70% del clero católico ha sido forzado al exilio. Monseñor Rolando Álvarez, uno de los más valientes defensores de la verdad, fue condenado a más de 26 años de prisión por negarse a abandonar el país. Con él, son cuatro obispos forzados al exilio y declarados apátridas, el primero de ellos Monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua y una de las voces de mayor credibilidad en el país. Las Misioneras de la Caridad, la orden fundada por la Madre Teresa de Calcuta, fueron expulsadas sin miramientos. La Diócesis de Matagalpa ha sido prácticamente desmantelada, con su clero disperso en distintos países.
Pero la persecución va más allá del catolicismo. La Iglesia Morava en la Costa Caribe, con una profunda raíz en las comunidades indígenas, ha sido hostigada por no alinearse con la narrativa del régimen. Las iglesias evangélicas han visto cómo el gobierno intenta infiltrar líderes afines al Frente Sandinista para convertir la fe en un apéndice del poder político. Y no olvidemos a organizaciones cristianas como Corner of Love, que durante dos décadas brindó asistencia médica y espiritual a los más vulnerables en la zona norte del país, solo para ser atacada y obligada a reubicarse en Costa Rica cuando su fundadora Tanya Amador, recibió amenazas de muerte. Otro ejemplo de esta persecución fue el arresto arbitrario de trece de los miembros—incluyendo sus abogados—de la misión evangélica “Puerta de la Montaña”, cuyos bienes valorados en casi nueve millones de dólares, fueron confiscados en Nicaragua.
Los métodos de persecución religiosa son diversos, pero la intención es la misma: borrar cualquier espacio donde la verdad y la justicia sean proclamadas sin miedo. No es casualidad que la Iglesia Católica haya sido atacada con tanta saña en Nicaragua. A lo largo de la historia, la Iglesia ha sido un refugio de resistencia moral frente a la opresión. En la década de los 80, el régimen sandinista intentó instrumentalizarla mediante la teología de la liberación, buscando convertirla en un brazo ideológico de la revolución marxista. Sin embargo, la resistencia de obispos y sacerdotes impidió que la Iglesia se convirtiera en un instrumento del Estado. Hoy, ante el fracaso de la cooptación, la respuesta del régimen ha sido la represión abierta.
Un Nuevo Rostro Para La Persecución
Si bien la represión contra la fe ha existido desde tiempos inmemoriales, lo que presenciamos hoy es una fusión de métodos medievales con tácticas propias del siglo XXI. La persecución ya no depende únicamente del uso de la fuerza bruta. Ahora se emplean herramientas como la censura digital, que restringe la difusión de mensajes religiosos en redes sociales. Se recurre a la manipulación financiera, congelando cuentas bancarias de organizaciones religiosas para impedir su operatividad. Se fabrican acusaciones de lavado de dinero y se despoja a líderes religiosos de su nacionalidad, en un intento por convertirlos en parias sin patria ni derechos.
Además, los regímenes han entendido que no necesitan erradicar la religión, sino someterla. En China, hemos visto cómo el Partido Comunista ha promovido una versión del cristianismo alineada con su ideología. En Nicaragua, el gobierno ha intentado lo mismo, tratando de instaurar una religión controlada por el Estado, donde la lealtad al régimen prime sobre la fidelidad a los principios morales.
Pero hay algo que los dictadores no comprenden: la fe genuina no se domestica. La libertad de conciencia no se extingue con decretos ni se borra con propaganda.
La Respuesta: Un Compromiso Global
Ante esta realidad, la pregunta es inevitable: ¿qué hacer? En la cumbre, insistí en que la defensa de la libertad religiosa no puede quedar exclusivamente en manos de sacerdotes, pastores o líderes espirituales. Es una causa de toda la sociedad civil. La represión de la fe es, en el fondo, la represión de la libertad humana en su máxima expresión. Si permitimos que los regímenes definan qué se puede creer y qué no, hemos aceptado que también pueden dictarnos qué se puede decir, pensar y hacer.
Por eso, es fundamental que periodistas, intelectuales y defensores de derechos humanos se sumen a esta causa. La libertad religiosa no es solo un asunto de fe, sino de justicia y dignidad humana. Es la base sobre la cual se construyen sociedades libres.
Durante la cumbre, acepté la invitación de la Comisión sobre Libertad Religiosa Internacional de los Estados Unidos (USCIRF) para presentar una lista de perpetradores de crímenes contra la libertad religiosa. Es un paso necesario para visibilizar a las víctimas y exigir sanciones internacionales contra los responsables.
Sin embargo, las acciones políticas e institucionales no son suficientes. Necesitamos una solidaridad interreligiosa más profunda. No podemos limitarnos a defender nuestra propia fe y permanecer en silencio cuando otras son atacadas. La lucha por la libertad religiosa es inseparable de la defensa del derecho a creer o a no creer, porque la verdadera libertad solo existe cuando nadie es forzado a adoptar una ideología, una fe o una lealtad impuesta.
Los regímenes autoritarios persiguen la religión porque temen su capacidad de inspirar resistencia moral. Saben que la fe, cuando es auténtica, no negocia con el poder. Y por eso, en cada sacerdote exiliado, en cada pastor perseguido, en cada creyente que se niega a claudicar, la libertad encuentra su refugio más indestructible.
La historia nos demuestra que la represión puede ser feroz, pero la verdad prevalece. Nicaragua lo ha demostrado antes y lo demostrará nuevamente. La libertad, al igual que la fe, no es un privilegio que los gobiernos pueden conceder o quitar. Es un derecho inalienable que, tarde o temprano, siempre encuentra el camino para resurgir.
Felix Maradiaga es Presidente de Fundación para la Libertad de Nicaragua y Presidente de RELIAL lo puedes seguir en Spotify.
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