Desde la madrugada del 28 de febrero, las fuerzas estadounidenses desplegadas en el área de operaciones del Comando Central han estado ejecutando una campaña sostenida de bombardeos contra objetivos estratégicos en Irán. La operación, denominada Furia Épica (Epic Fury), se ha convertido en la mayor campaña aérea estadounidense contra la República Islámica desde su fundación en 1979.

Más allá de su dimensión militar inmediata, esta operación puede ser un punto de inflexión con implicaciones que se extienden mucho más allá de Irán: reconfigurando el equilibrio estratégico en el Golfo, introduciendo nuevas tensiones en la base de electores del trumpismo y en su política exterior y agitando nuevamente los mercados energéticos globales.

La Casa Blanca ha presentado oficialmente la campaña como una operación de degradación estratégica destinada a “eliminar la inminente amenaza nuclear que representa el régimen iraní, destruir su arsenal de misiles balísticos, degradar sus redes terroristas subsidiarias y paralizar sus fuerzas navales”[1], sin “reglas de combate absurdas, nada de atolladeros de construcción nacional, nada de ejercicios de construcción democrática, nada de guerras políticamente correctas”[2], según el secretario de guerra, Peter Hegseth.

Sin embargo, la comunicación de la administración no ha sido del todo coherente con esa delimitación. A lo largo de los primeros días del conflicto, distintos miembros del gobierno —y el propio Trump— han ofrecido explicaciones cambiantes sobre los objetivos de la guerra, entre los que se incluye la posibilidad de una transformación política del régimen.

Esta ambigüedad estratégica también se refleja en la política doméstica estadounidense, con casi 6 de cada 10 americanos confundidos con los objetivos de esta campaña militar.

Fuente: CBS News

Esa ambigüedad estratégica plantea además una posible contradicción dentro del propio movimiento MAGA, núcleo electoral del trumpismo.

Durante años, Trump construyó buena parte de su discurso exterior sobre la crítica a las “guerras interminables” en Oriente Medio y al intervencionismo de las administraciones anteriores. Ese discurso se convirtió en una seña identitaria del núcleo duro del movimiento y en uno de los ejes del planteamiento estratégico que la segunda administración Trump ha defendido en política exterior[3]. En un artículo del actual vicepresidente J.D. Vance, publicado en el Wall Street Journal el 31 de enero de 2023, este se jactaba de que “la mejor política exterior de Trump fue no iniciar ninguna guerra” y afirmaba apoyarle porque no iba a enviar “imprudentemente a estadounidenses a luchar en guerras en el extranjero”[4].

En ese marco, una operación como la intervención en Venezuela podría encajar dentro de la lógica estratégica que el propio trumpismo reivindicaba: asegurar el entorno hemisférico inmediato de Estados Unidos mediante acciones rápidas y limitadas, sin comprometer al país en campañas prolongadas de estabilización o reconstrucción estatal.

La intervención contra Irán introduce, sin embargo, una tensión evidente en esa narrativa. La operación en Irán, en cambio, pertenece a otra categoría estratégica. Se trata de una potencia regional con redes armadas en varios países de Oriente Medio (Líbano, Irak, Yemen…) y con capacidad de incidir directamente en la seguridad energética global. La campaña contra Teherán supone por tanto la proyección del poder militar estadounidense en un teatro geopolítico lejano y potencialmente escalable, precisamente el tipo de implicación prolongada que buena parte del movimiento MAGA había prometido evitar.

Más allá del debate político que la operación está generando en Estados Unidos, sus implicaciones se extienden también al equilibrio estratégico de Oriente Medio. Esta campaña no habría sido posible sin la connivencia y cooperación de los Estados del Golfo.

Durante décadas, las monarquías del Golfo han intentado mantener un delicado equilibrio: albergar bases militares estadounidenses y beneficiarse de la protección estratégica de Washington, sin verse arrastradas directamente a una confrontación abierta con Irán. E incluso, en los últimos años, estas han intentado una política de distensión limitada con Teherán, de la mano de China, en intento de diversificar sus alianzas hacia el país asiático y otras potencias no occidentales. La operación Furia Épica está haciendo tambalear ese equilibrio.

La campaña estadounidense se apoya en la red de bases militares desplegadas en el Golfo —desde Al Udeid en Qatar, que alberga el centro de mando aéreo regional de CENTCOM, hasta instalaciones aéreas en Kuwait o Emiratos Árabes Unidos y la sede de la Quinta Flota estadounidense en Bahréin— que constituyen el andamiaje operativo desde el que se planifican y sostienen las operaciones militares en Oriente Medio.

Es por ello que en su respuesta, Irán ha ampliado el teatro de operaciones. En los primeros días del conflicto, oleadas de misiles y drones iraníes han alcanzado, además de Israel, varios países del Golfo, incluyendo Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin y Arabia Saudí. Infraestructuras militares y embajadas americanas en esos países, instalaciones energéticas (como las instalaciones operativas en Ras Laffan y Mesaieed), aeropuertos (como el Internacional de Kuwait) y puertos (como el de Salalah en Omán) e instalaciones civiles, han sido objeto de ataques o han sufrido daños derivados de las intercepciones de misiles.

La estrategia iraní busca elevar el coste regional de la campaña estadounidense y obligar a las monarquías árabes a tomar una decisión: distanciarse del eje Washington-Tel Aviv o asumir un papel más activo en el conflicto. A excepción de Omán[5], ninguno ha criticado públicamente la operación Furia Épica. Por ahora estas se han limitado a interceptar misiles y drones, reforzar sus sistemas de defensa aérea y mantener un perfil político relativamente prudente. Pero si los ataques iraníes continúan, esa postura puede volverse cada vez más difícil de sostener.

También los iraníes kurdos parecen haber decidido aprovechar el momento para atacar.

La crisis también revela un cambio estructural en la política regional. Durante décadas, la cuestión palestina fue el eje de las relaciones entre el mundo árabe e Israel. Hoy, y desde hace ya tiempo en realidad (solo hace falta observar el caso de Marruecos o Emiratos Árabes Unidos), sin desaparecer como referencia política y simbólica, la cuestión palestina no va a llevar a un alejamiento entre los países árabes e Israel, sino que probablemente, incluso a pesar de ella, lleve a un mayor acercamiento (el tan ansiado Acuerdo de Abraham con Arabia Saudí, por ejemplo), porque con Irán como principal amenaza, la cooperación con Estados Unidos y el acceso a tecnología militar avanzada parecen haber cobrado más importancia avía.

La incertidumbre regional también afecta a Irán. Desde diciembre de 2025 el país atraviesa un nuevo ciclo de movilización social, duramente reprimido. A la presión económica crónica, el desgaste institucional y la erosión de legitimidad del liderazgo clerical se suma ahora el descabezamiento de gran parte de su cúpula político-militar, entre ellos su líder supremo: el Ayatollah Ali Khamenei. Sin embargo, quienes se oponen al régimen están desarmados y desorganizados, pero el régimen conserva instrumentos represivos robustos y una estructura de seguridad cohesionada, pero los conflictos bélicos tienden a acelerar dinámicas de fractura cuando coinciden con malestar interno sostenido.

En el frente exterior, la posición de Irán está hoy notablemente debilitada. Tradicionalmente, Teherán ha tratado de compensar sus limitaciones militares convencionales mediante una red de actores aliados y milicias proxy en distintos puntos de Oriente Medio. Sin embargo, esa arquitectura regional atraviesa ahora uno de sus momentos más frágiles. Con Hamás prácticamente fuera de combate, las milicias iraquíes desorganizadas y Hezbolá severamente tocado —y enfrentado además a uno de los gobiernos libaneses que con más fuerza ha abogado por su desmantelamiento—, la capacidad de proyección indirecta de Irán se ha reducido significativamente.

Hezbolá se sumó a la represalia iraní días después del inicio de los ataques, lanzando cohetes y misiles contra el norte de Israel. Varias milicias chiíes iraquíes han atacado bases estadounidenses en Irak y la región. Por su parte, en el Mar Rojo, los hutíes siguen manteniendo la “pausa” en sus ataques a buques occidentales.

Este es el mayor examen de resistencia para el régimen islamista de los Ayatollah, en su momento más débil interna y externamente. Cuántos meses o años van a pasar es difícil de determinar, así como si su caída puede desembocar en un nuevo régimen, similar a como está ocurriendo en Siria, o a algo más parecido a lo que ocurrió tras las primaveras árabes.

Fuera de la política regional, este es un conflicto con fuertes lecturas y consecuencias globales. Uno de los frentes más importantes es, sin duda, el ámbito energético. 

La geografía energética del Golfo hace que cualquier escalada militar en la región tenga consecuencias inmediatas para los mercados globales. Aproximadamente, una quinta parte del consumo mundial de petróleo transita por el estrecho de Ormuz, uno de los principales cuellos de botella del sistema energético internacional. A través de ese mismo corredor marítimo circula también una parte sustancial del comercio mundial de gas natural licuado.

El bloqueo de este Estrecho, que ahora mismo es prácticamente total, supone una reducción de la oferta de estas dos fuentes de energía.

Fuente: Bloomberg

A esto se suman los ataques iraníes contra instalaciones energéticas y logísticas del Golfo han comenzado a afectar a infraestructuras clave. En Qatar, el complejo de Ras Laffan —uno de los principales centros de exportación de gas natural licuado del mundo— ha visto interrumpidas parte de sus operaciones tras los ataques. Inevitablemente, el impacto se ha trasladado de inmediato a los mercados energéticos, provocando fuertes movimientos en los precios de ambas fuentes de energía.

Desde el inicio de la operación, el Brent ha pasado de aproximadamente 70 dólares por barril a superar los 92 dólares (casi 15 puntos por encima de los máximos alcanzados en junio durante la Operación Martillo de Medianoche israelí con apoyo estadounidense). Mientras que los futuros del Dutch Title Transfer Facility (TTF, el contrato de gas de referencia en Europa) han pasado de 31,9 euros por megavatio-hora a 54 en tres días y se mantienen por encima de 50.

A su vez, la situación en Ormuz ha provocado que las compañías de seguros estén retirando su cobertura o aumentando considerablemente su coste[6].

Sin embargo, el comportamiento de los precios energéticos en los próximos meses dependerá menos del shock inicial que de la elasticidad de la oferta global. El mercado parte de una situación relativamente cómoda, con 4 millones de barriles al día de capacidad ociosa en la OPEP+, una producción récord en Estados Unidos que supera los 13,8 millones de barriles al día y un aumento también importante en Brasil, además de una menor demanda europea y china.

El impacto económico es global, pero afecta de formas distintas a cada economía. En el hemisferio occidental, Irán ha desarrollado durante las últimas dos décadas una red de relaciones políticas, económicas y de cooperación con varios gobiernos latinoamericanos, especialmente Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Venezuela se convirtió en el principal socio estratégico de Teherán en la región. Ambos países han cooperado en ámbitos como el suministro de combustible, el intercambio de crudo, la asistencia técnica en refinerías y eludir sanciones internacionales. Sin embargo, la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos y la reorganización del sector energético bajo supervisión estadounidense han alterado ese vínculo. En este nuevo contexto, el aumento de los precios del petróleo derivado del conflicto puede otorgar al crudo venezolano una relevancia adicional dentro del sistema energético global. Con el mercado tensionado por las disrupciones en Oriente Medio, algunos compradores asiáticos están buscando suministros alternativos que permitan diversificar riesgos sin disparar aún más los precios internacionales y como Trump ha afirmado recientemente, “el petróleo está empezando a fluir desde Venezuela”.[7]

El resto de países productores de hidrocarburos como Brasil, Argentina o Colombia, podrían beneficiarse inicialmente del aumento de los precios del petróleo, mientras que economías más dependientes de las importaciones energéticas pueden enfrentarse a presiones adicionales en los precios.

En Brasil, por ejemplo, el aumento del precio del crudo puede traducirse en mayores ingresos para el sector energético, pero también encarecer el transporte y los insumos agrícolas, especialmente en un país donde el diésel desempeña un papel central en la logística alimentaria.

En el plano diplomático, algunos gobiernos latinoamericanos han aprovechado el conflicto para reforzar su alineamiento con Washington. Países como Argentina o Ecuador han expresado apoyo a la posición estadounidense, mientras que otros actores regionales han optado por una posición más cautelosa.

[1] https://www.whitehouse.gov/articles/2026/03/peace-through-strength-president-trump-launches-operation-epic-fury-to-crush-iranian-regime-end-nuclear-threat/

[2] https://www.war.gov/News/Transcripts/Transcript/Article/4418959/secretary-of-war-pete-hegseth-and-chairman-of-the-joint-chiefs-of-staff-gen-dan/

[3] https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf

[4] https://www.wsj.com/articles/trumps-best-foreign-policy-not-starting-any-wars-ukraine-russia-war-rocket-nuclear-power-weapons-defense-11675186959

[5] https://www.fm.gov.om/en/news/statements/

[6] https://time.com/7382242/strait-of-hormuz-closure-threat-iran-war-trade-gas-oil-prices/

[7] https://www.reuters.com/business/energy/asia-struggles-find-fuel-oil-middle-east-exports-plummet-sources-say-2026-03-06/

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