Otro cuento similar al cuento de la deuda, que comentaba hace unas semanas es el cuento del Oro. Se repite, sin mucha evidencia, que cuando éramos parte del virreinato español, la riqueza se explotaba y se llevaba a España. En esta leyenda, los españoles se llevaban el oro y la plata para financiar los gustos extravagantes de la corte, o las guerras que los Habsburgo tenían en Europa contra Francia, Inglaterra, que codiciaban el imperio español y sus posesiones ultramarinas en América y hasta el Asia con las Filipinas. Por supuesto si así hubiera sido este supuesto robo, Hispanoamérica sería más parecida a África, que mayoritariamente tiene poca infraestructura, casi nada que asemeje una civilización occidental, cosa que queda desmentido al visitar cualquiera de nuestras ricas ciudades hispanoamericanas.

Hispanoamérica está cubierta de iglesias, con sus centros empedrados, en muchos casos, que son la delicia de los turistas que las visitan. Si uno va a Quito o Antigua Guatemala, Ciudad de México, o a Lima, se encontrará con señoriales y majestuosos centros históricos con una belleza virreinal inigualable, en muchos casos son igual o tan suntuosos como las míticas ciudades españolas, de Sevilla, Segovia, Burgos, Zaragoza por nombrar antiguas ciudades de más de 500 años de antigüedad en la península Ibérica.

El palacio nacional del Zócalo, actual sede de Gobierno de México, desde la época del virreinato de Nueva España, es grande como el Palacio Real en Madrid, construido un par de siglos después. La pintura de Cristobal de Villalpando c.1695 muestra cómo El Zócalo se convertía en una auténtica feria cosmopolita, donde se comerciaba productos del Asia vía las Filipinas, hasta los productos llegados de otros virreinatos americanos y las cosas que traían de Europa.

La escuela quiteña de pintura, de la cual dijo Carlos III de España “no me preocupa que Italia tenga a Miguel Ángel, en mis colonias de América yo tengo al maestro Caspicara”, no tienen nada que envidiarle a las obras de arte que uno se puede encontrar en un museo europeo, había no solo comercio, sino también cultura del más alto grado.

Si fuera verdad que el oro se lo robaron los españoles, parece que fueron muy malos para esta faena, pues dejaron gran parte en su lugar de origen, para levantar estas ciudades americanas, con hospitales, universidades, conventos, iglesias, colegios, que no se han construido al mismo ritmo en su vida republicana. En Quito, los españoles construyeron una iglesia llena de oro, que tampoco se la llevaron ni copiaron en España, la Iglesia de la Compañía de Jesús. El relato del robo del oro se cae ante la evidencia y la lógica al evaluar todos estos lugares históricos que existen en nuestra región.

Las estadísticas actuales de la extracción de oro y plata superan con creces lo que a veces se extrae en un año en México en tiempos actuales, en comparación a las estadísticas de lo que se extrajo durante el virreinato. Por ejemplo, según datos de un informe del Semarnat (pagina 16), Secretaría de Medio ambiente y recursos naturales de México se extrajo entre 2006 y 2018 casi 48,626 toneladas de plata, casi tanto (90%) como en tres siglos de Virreinato (contra 13,000 toneladas de plata). Y seis veces más oro, 1059 toneladas de oro (contra 180 a 190 toneladas de oro), en ese periodo que durante la colonia.

Estos mitos han servido como excusas para justificar el anémico desarrollo económico, post independencia, para tratar de explicar, por qué a pesar de haber ganado la independencia, Hispanoamérica ha sido incapaz de encontrar vías sostenibles de desarrollo por largos periodos de tiempo. La riqueza más importante que la riqueza mineral depende más de la tecnología y el marco institucional, que el oro en sí. El famoso quinto real que exigía la corona era a duras penas el 20% de la extracción total. El resto, el 80% era para los dueños de la concesión y se quedaba en las Américas fomentando la construcción de mucha infraestructura. Pudo haber fraude en los montos reportados por los mineros, pero no menos cierto, es que la corona tenía incentivos muy grandes para que este monto reportado fuera correcto, so pena de quitarles la concesión e imponer graves penas a los funcionarios y concesionarios corruptos que no cumplieran con el reporte correcto.

Aún si le damos el beneficio de la duda a quienes esgrimen esta excusa, sobre el famoso robo del oro, al igual que el cuento de la deuda, no les parece que esto fue algo que ocurrió hace más de 250 años. Tras algunos años de independencia podría argumentarse que ya pasó suficiente tiempo para recuperarse y seguir extrayendo tanta riqueza que aún existe. Países mineros como México, Bolivia, Perú, Ecuador siguen sufriendo de miseria en muchas minas y los pobladores cercanos a las poblaciones donde se extraen estos metales, siguen siendo tan paupérrimos como lo han sido desde tiempos inmemoriales.

Un país como Chile, que tiene una historia algo diferente en este aspecto, ha logrado tener una industria rentable. A pesar de eso, si bien son productores a primer nivel de Cobre, sus costos de operación son mayores que los de Perú. La minería enfrenta una carga tributaria mayor que en Perú, Australia y Canadá. Es interesante leer informes de organizaciones como Libertad y Desarrollo de Chile, que hacen análisis, entre otros temas de política pública, que explican los riesgos que enfrenta la minería chilena si quiere seguir a la cabeza, no solo en producción pero también en productividad y en atraer a inversión extranjera para desarrollar esta industria. Su industria minera sigue estando por detrás de otros países donde la extracción de metales y tierras raras son operaciones altamente industrializadas, los derechos de propiedad son privados, no estatales, la productividad y rendimiento son bastante más elevados. En otros países mineros de alto rendimiento y de éxito, sus dueños han podido desarrollar las zonas aledañas y ayudar a quienes trabajan en estos sitios donde se les ofrece mucha mayor seguridad y calidad de vida.

La minería es un trabajo peligroso y bastante duro para quienes se dedican a ello, sin importar su régimen privado o público, pero las condiciones en países donde se respeta la propiedad privada de estas minas, son infinitamente superiores a las que sufren los mineros ilegales, la micro minería o mineros criollos en nuestros países. El problema es la falta de propiedad privada real de las minas, solo se dan concesiones en el mejor de los casos, por ende la inversión en tecnología y productividad son bajas. La inversión en nuestros países Hispanoamericanos, a gran escala por parte de entidades no estatales, está prohibida o altamente regulada y limitada, al punto de hacerla poco rentable. La única alternativa minera existente, que no sea en pequeña escala o ilegal, es firmar contratos con el gobierno que monopoliza toda la extracción o concede solo concesiones o permisos, más no una propiedad privada real.

Si realmente queremos alcanzar el desarrollo, entre muchas otras reformas de política pública que deberíamos de hacer, es dejar de quejarnos de cuánto nos robaron durante el virreinato, pues eso ya pasó mucho tiempo atrás. Imagínese a los españoles que solo se estuvieran quejando por el oro sacado por los romanos en tiempos del imperio romano, para justificar su subdesarrollo.

La minería si puede ser una fuente de riqueza, pero para hacerlo hay que abrir su explotación y respetar la propiedad privada de quienes la explotan, tener los incentivos correctos para que haya un equilibrio adecuado de protección ambiental, necesaria en este tipo de emprendimiento, pero no tanto que desmotiva la explotación de esta. En nuestro actual marco institucional de excesiva regulación y débil protección de los derechos de propiedad, solo fomenta que sea posible hacerlo si se está en un negocio ilícito, como sucede en Ecuador o en Venezuela o se es un minero informal sacando a duras penas minerales para su subsistencia.

Dejemos de repetir mitos o fábulas, sobre nuestro atraso económico, buscando justificar el fracaso en alcanzar el desarrollo post virreinato, solo así es que podremos acometer el desafío del florecimiento humano y asumir la responsabilidad de nuestro presente y futuro.

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